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Schola delenda est?

¿Quién diseña los planes educativos? ¿Con qué criterio se impone dicha legislación? ¿Debemos permitir que la escuela sea reducida a una simple fábrica de trabajadores? ¿O como institución pública debe prestar un servicio a la sociedad y formar ciudadanos conscientes, cultos y libres?

Schola delenda est? refuta las nuevas pedagogías que marginan los contenidos científicos y el prestigio del docente, un modelo que se reviste de modernidad e innovación con discursos pseudoprogresistas, pero que esconden un mensaje profundamente reaccionario. Pascual Gil reivindica la escuela pública como el lugar que promueva el pensamiento y fomente el espíritu crítico para crear una sociedad más reflexiva, para que los alumnos puedan convertirse el día de mañana en dueños de sus propias vidas.

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El declive de la escuela

Durante las últimas décadas las administraciones públicas han impulsado cambios legislativos que han conducido a la degradación de la figura del docente. La desconfianza en su capacidad y autonomía en el aula los ha enterrado bajo cantidades ingentes de burocracia que solo entorpecen su labor. El descrédito y la desconfianza se han trasladado las familias que, guiadas por esa descalificación social, hace tiempo que sospechan del papel central del docente.

La educación por competencias

Las competencias siempre han existido. Los docentes siempre han tenido que formar alumnos con capacidad de trabajar en grupo, de cooperar, expandir su creatividad, etc. Algunas de las competencias que los nuevos currículos de educación proponen hablan más bien de rasgos de carácter que los profesores no pueden evaluar por ser puramente subjetivos; no se pueden evaluar miradas o gestos.

Un futuro incierto

Pascual Gil plantea que la incertidumbre es una característica fundamental de la sociedad moderna, y por eso la escuela no debe formar en trabajos y realidades que todavía no existen, sino garantizar una sólida base de conocimiento que permita comprender este mundo cambiante y adaptarse a él.

La sociedad cada día es más dual, los ricos cada vez son más ricos, pero cada vez más gente vive y trabaja en condiciones más precarias. Las sociedades occidentales persiguen el aumento de la productividad y de los beneficios bajo una lógica neoliberal sin mecanismos de redistribución de la riqueza. Estos procesos, impulsados por el rápido desarrollo tecnológico y la desregulación de los mercados, han deslocalizado la producción, conduciéndonos a una sociedad de servicios. Lejos de necesitar a trabajadores industriales con una especialización media o alta, el mercado de servicios exige trabajadores flexibles a los que contratar o desechar cuando lo necesite.

Ante este panorama, ¿debe la escuela adaptarse al mercado laboral y colaborar en el aumento de la desigualdad?

El desmantelamiento de la enseñanza pública

El desmantelamiento de la educación pública, que otrora supuso uno de los mayores proyectos emancipadores que nuestra sociedad ha conocido, es un hecho. Se aumentan los recursos a escuelas concertadas y privadas, y se deja a la escuela pública en la picota.

En 2009 el gasto en educación concertada era de 5.891 millones de euros; una década más tarde, superaba los 6.339 millones, un aumento del 7,6%, según las estadísticas del Ministerio de Educación. En cambio, durante el mismo periodo el gasto en educación pública se redujo en 1.553 millones, un 5% menos. Es imposible formar a ciudadanos críticos dejándoles las migajas.

¿O ya ni si quiera se trata de formar a personas con criterio propio?